sábado, 21 de febrero de 2009

Un Pana en Barcelona

En diciembre pasado me conseguí a un pana en la calle y nos fuimos a tomar unos vinos “pa´ponernos al día con nuestras vidas”. Le recordé que él me debía un cuento, su viaje a Barcelona. No me arrepiento de haberlo escuchado, ésta es la historia más surrealista y emocionante que he conocido sobre cómo un hombre conoció a Dios y al diablo al mismo tiempo. Al salir del restaurant le pedí que me autorizara para publicarla en este blog, me dijo que si pero que debía mantener su anonimato.


Hace como seis años mi Pana, un tipo joven, venezolano, de origen indígena, artista, soñador, bohemio, conoció a una Chicuela venezolano-española con quien tuvo un romance que duró como dos años. Ella debió volver a España por compromisos laborales, y se despidió con la promesa de que algún día se volverían a reunir.



Tras recorrer por varios oficios, mi Pana había estabilizado por fin su vida. Actualmente es un actor con una buena trayectoria artística, y en los últimos años ha trabajado formalmente en una reconocida compañía teatral.



Un día él recibió la llamada de la Chicuela invitándolo a irse a vivir con ella en Barcelona, España, donde trabaja también como actriz. En varias oportunidades lo había convidado: “Te quedais en mi piso, no hay problema, yo te ayudo a conseguí laburo, bla, bla, bla, bla”. No era la primera vez que el Pana recibía ese mensaje tentador, pero si la primera vez que había decidido en serio dejarlo todo, pedir su liquidación en la compañía teatral y cruzar el mar en búsqueda de su amor y su crecimiento actoral.



La primera cosa que le pasó fue que debió someterse a una desagradable revisión por parte de las autoridades del aeropuerto de Maiquetía, que al parecer realizan a los venezolanos que viajan a Europa, con miras a capturar a los narcomulas.



Al llegar al aeropuerto de Barcelona, el Pana llamó a la Chicuela, quien debía recibirlo según lo planificado. Pasaron horas, ella no llegó nunca ni contestó el celular. Ya el Pana estaba en el lugar, no había vuelta atrás. Esos dos acontecimientos eran señales del cosmos, pero el Pana estaba dispuesto a seguir adelante con la aventura.



Él recordaba el nombre del teatro donde ella se estaba presentando con su espectáculo. Tomó un taxi y llegó al sitio. Debió esperarla en la calle hasta que terminara la función. Cuando ella salió por la puerta de los artistas, se llevó una gran sorpresa: “Y vos qué haceis aquí?”, le preguntó en tono molesto la Chicuela. Él le contestó: “No, la pregunta es, qué haces tu aquí?, si quedamos por teléfono en que yo llegaba hoy y tú debías esperarme en el aeropuerto”. La Chicuela no pudo evadir su compromiso, tenía al Pana frente a su rostro.



Ella habló con el dueño del teatro, le pidió prestado un apartamento para alojar al Pana. Al día siguiente, él fue a verla actuar en la función teatral y debió pagar el boleto, cuyo precio en euros era altísimo y le disminuyó el 30% de los recursos que había llevado. Luego se fueron a comer a un restaurant, y se restó otro 30%. Durante la cena, ella le habló como nunca antes lo había hecho:



“Vos sabeis que soy una mujé con dos críos y debo trabajá duro. Mi´harté de mantené ar´chulo de mi ex–mario, no quiero vorvé a pasá por iso. Aquí la vida e´ muy dura. Te podeis quedá una semana en er´piso de mi jefe, pero no sé cómo vais a hacé, teneis que buscá empleo y ve´donde te vais a quedá”. A dónde se habían ido las seductoras palabras de antaño ofreciendo casa y trabajo.



El Pana acababa de recibir “dos baldes de agua fría”. El apoyo prometido por su enamorada se había desvanecido, y su amor ahora le pertenecía al dueño del teatro, quien además de haberle producido su espectáculo, la había ubicado con sus dos pequeños en un apartamento hermoso, completamente amoblado.



A la semana el Pana quedó literalmente en la calle. Llamó a la Chicuela para que le diera los teléfonos de unos contactos que supuestamente lo apoyarían, y para que le guardara las maletas mientras se ubicaba. Y recibió como respuesta: “No me molesteis, estoy ocupá, ve a buscá trabajo, lacio, jodé”.



Desmoralizado y deprimido, comenzó a deambular por las calles buscando empleo, estaba dispuesto hacer de todo, pero estaba ilegal, además su color de piel, y su origen latinoamericano no lo ayudaban, “Sudaca”, le decían. Y su momento de búsqueda coincidió con la fiesta de San Juan, la más exclusiva de Barcelona, toda la población estaba de rumba en la ciudad.



Conoció Barcelona de punta a punta, desde las Ramblas hasta el Barrio Gótico, pero no turisteando precisamente. Sus finanzas se habían agotado. “No tenía ni un duro”, me contó. “Estaba cansado de caminar, de dormir en una plaza, de no poder bañarme, y comencé a sentir hambre, había perdido la cuenta de los días que tenía sin comer”, me narró con lágrimas en los ojos.



Optó por cazar los restos de la comida que dejaban los turistas en los restaurantes al aire libre. Su aspecto ya era de indigente, estaba en la calle. Él se había prometido no volver a pasar por eso. Hacía muchos años, en otras circunstancias de vida, estuvo un tiempo viviendo en el Parque Los Caobos, en Caracas. Su mente y su cuerpo ya conocían esa situación, por lo cual tenía los mecanismos para sobrevivir.



Una mañana observó a un grupo de músicos callejeros que hacía un espectáculo en una plaza. Su inquietud artística lo hizo acercarse, lo cual provocó alarma entre el público, que abandonó el espacio inmediatamente. Los músicos protestaron su presencia. Sin embargo, uno de ellos, a quien llamaban el Demonio, sacó de su bolso una botella de vino y un pan con sardina, lo pico y abrió la botella, y se los dio diciendo: “Se ve que teneis hambre hermano. Tanta hambre que te habeis acercao pa´ve que podíais pillarnos. Pero anda, come. Que aquí los ladrones somos nosotros”.



Luego el Demonio le ofreció que se uniera al grupo de vagabundos. El Pana agarró sus maletas que estaban escondidas en unos arbustos, ellos se la cargaron y lo condujeron a un apartamento en la zona vieja de Barcelona. Le dieron ropa, lo mandaron a bañar, le dieron comida, lo alojaron en un cuarto para que durmiera. El Pana no lo podía creer, después de haber llegado a la indigencia y pasar tantas penurias, Dios envió al Demonio para salvarlo del hambre extrema y estar a un paso de la locura.



Al despertarse, después de casi un día entero durmiendo, el Demonio le pidió que observara la escena que había en la sala del apartamento, pero que no participara. Se trataba de una fiesta dantesca, una gran orgía donde corría la droga y el alcohol. Esa escena se repetía cada noche. Y el Pana sólo podía observar la lujuria.



Un día el Demonio, quien en apariencia era un músico callejero, le confesó que era graduado en economía, estafador de profesión, había cometido los delitos más increíbles, lideraba una banda de ladrones callejeros, y controlaba varios negocios: el narcotráfico, el juego y la prostitución de la zona. “Y mi condición es estar drogado siempre”, dijo.





Esa fue su presentación después de tantos días de tener hospedado al Pana. Quien en correspondencia a su anfitrión, le abrió su maleta, le mostró su vestuario, le contó toda su historia, le enseñó su dossier artístico y sus fotografías.



“Cuando os vi supe que sois de los nuestros, vos sois un artista, a pesar del sucio y la mirada de loco por el hambre, pude ve que no eras lo que aparentabais ser”, expresó sonriente el Demonio. Y prosiguió con un planteamiento muy serio. “Te voy a convertí en un gran actor. Los carteles de los mejores teatros de Barcelona y toita España mostrarán tu nombre. Y luego er´cine, Hollywood. Teneis que entendé que detrás todas las grandes figuras, hay un Demonio como yo. Pero eso si, tos los negocios que estén por detrás son míos. Piénsalo y luego hablamos”.



Se despidió dejando sobre una mesita de noche una paca de billetes, era un montón de euros. “Sal, cómprate ropa, música, libros, inscríbete en una escuela de teatro, ve a espectáculos, haz lo que quieras y sea necesario para ti”, se despidió el Demonio.



Esa noche el Pana no podía dormir. Esa oferta era muy tentadora. Otra oferta tentadora. “No tengo nada que perder, más bien ganar, fama, dinero, buena vida, y hacer lo que quiero, actuar”. Y seguía pensando: “Pero toda la suciedad que se maneja por detrás…”.



Encerrado en su cuarto, era de madrugada, a tiempo que sucedía la fiesta afuera como todas las noches, sonó una alarma de su celular. Se dio cuenta que la fecha que marcaba era 20 de julio. Luego decidió revisar el pasaje de avión, notó que ese día se iba a vencer. “Fecha de regreso: 20 de julio 2008, Hora: 7:00 am”. Como un autómata, casi sin razonar bien lo que estaba haciendo, comenzó a recoger todas sus pertenencias y a meterlas en la maleta de forma desordenada. Recogió todo, todo, menos los euros.



Salió del cuarto sin hacer ruido, saltando los cuerpos que estaban desnudos lanzados en el suelo. Abrió la puerta como pudo y se fue corriendo a la estación de metro. Debió esperar a que abrieran a las cinco de la mañana. Tenía solo dos horas para llegar al aeropuerto. Le quedaba un ticket de metro que había guardado cuando llegó a Barcelona. Estaba muy excitado por la carrera y por el miedo a ser descubierto. Pero lo logró y abordó el avión de vuelta a Venezuela. Justo a tiempo.



Al llegar a Maiquetía tomó un taxi hacia Caracas, había conseguido unos billetes, Bolívares Fuertes, metidos en el bolsillo de un pantalón. En el camino sonó su celular. Era el director de la compañía teatral para preguntarle cuando volvería a Venezuela, porque necesitaban un actor para una nueva obra que estaban montando. Y el Pana, con el alma de nuevo en el cuerpo, le respondió: “Dejo las maletas en la casa, y voy a tu oficina para que conversemos, estoy llegando de Barcelona”.



El Pana había recuperado su trabajo, su casa, su vida, su sueño, su tranquilidad y su país.




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Agradezco enormemente a todas las personas que me han escrito para felicitarme por esta historia, en realidad a quien hay que felicitar y dar las gracias es al Pana que accedió a echarme el cuento, jajaaaajaja. Saludos a todos.

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