miércoles, 12 de marzo de 2008

Me declaro intolerante

“Es posible mantener la esperanza en la desesperanza”
Edgar Morin

Recientemente en el postgrado estudiamos el tema de los grupos y su incidencia determinante en los procesos de cambios organizacionales. Desde que nacemos formamos parte de distintos grupos, formales e informales. El primer grupo formal al que pertenecemos es nuestra familia, luego está la escuela y de adultos los diversos lugares de trabajo, etc. Como grupo informal se encuentran nuestros amigos y la gente con quienes nos identificamos y relacionamos. La sociedad está conformada por una infinidad de grupos con valores, creencias, culturas, actitudes que van modelando las personalidades de los individuos. Tal vez ésta sea la lógica del dicho: "dime con quién andas y te diré quién eres".

Desde siempre, y creo que mi hermano Carlos Rolando es igual que yo, he sido una “rebelde sin causa”. Mi lucha se ha basado en tratar de no parecerme a nadie, sino a mí misma. Pero hoy me desperté del sueño y lamentablemente descubrí que soy un híbrido de la influencia cultural de todos los grupos formales e informales a los que alguna vez he pertenecido. Qué fastidio es aceptarlo, pero así mi lucha terminó.

Yo no sé exactamente de cuál de ellos he tomado esta idea, pero hoy me declaro intolerante.

La intolerancia es como el smog de los carros que respiro todos los días desde que pongo un pie en la calle. Me contamina aunque yo no quiera y no puedo hacer nada para evitarlo. Confieso que me he vuelto intolerante a la gente intolerante. Y también soy intolerante a mi propia intolerancia, no la soporto.

Observo que la mayoría de la gente cuando percibe a alguien que marca la diferencia en su contexto, comienza a presionar para tratar de amoldarlo a lo establecido y sino se logra el objetivo, el individuo es excluido, marginado y aniquilado. Entendí que el diferente debe internalizar y acatar las normas que le impone el sistema para poder sobrevivir.

Me río de quienes son incapaces de aceptar la información que desconoce, y de quienes sienten apego por sus paradigmas. Y me río de mí misma.

Un pana me dijo una vez: “Tiene que existir igualdad dentro de la diversidad”. Y esa misma idea me recuerda la letra de una canción flamenca, que no sé el nombre ni el autor, que dice: “Somos de mil colores, con distintas banderas y las mismas raíces”.

Qué empeño tienen algunos sistemas en querer unificar criterios, delimitar, igualar, masificar, uniformar… Cada uno es diferente al otro, cada quien tiene valores, patrones, culturas, necesidades, objetivos, y visiones del mundo distintas.

El otro día se me ocurrió crear una Fundación que se llamaría de la siguiente forma: “Amigos del hermano de Nova que aún no viene en camino”. Porque es impresionante la cantidad de gente que insiste en que le debo dar un hermanito, “es que ella no puede ser hija única”. A esa gente creativa, le informo que cuando esté abierta la cuenta del banco de la Fundación, les enviaré el número para que comiencen a hacer efectivas sus contribuciones.

Qué mala maña tiene cierta gente al no hacer el intento de ponerse en el lugar de los demás. Al no entender que al otro le pueda suceder algo que sencillamente no entendemos, pero que es evidente que le pasa, y nos empeñamos en querer que el prójimo nos ofrezca su mejor sonrisa cuando no la tiene y no la siente.

Estoy cansada de las personas que son maleducadas e inconcientes. No tolero a quienes no se paran en los autobuses para cederles el puesto a los ancianos o las mujeres embarazadas. Y tampoco tolero a quienes ensucian las calles y a quienes tocan las cornetas de los carros en las colas del tránsito de forma desesperada.

Qué insoportable que los gobiernos intervengan militarmente en territorios de otros estados. Personalmente, detesto que me invadan mi espacio.

No me gustan los chistes obscenos y las imágenes de violencia. Creo que lo he dicho en otras oportunidades, por favor no me envíen esas pendejadas por correo. Porque además no tengo tiempo para leerlas todas.

Creo que la expresión “Aja” es tan despectiva y es una respuesta tan desagradable, que aunque siempre la utilizo, últimamente me está molestando bastante. Y que la gente no responda las llamadas telefónicas, los correos personalizados, los mensajes de texto y el chat.

Me declaro intolerante a la hipocresía, a la traición, la falta de respeto, a la insensibilidad, a la discriminación, al maltrato físico, al racismo, a la xenofobia, a la homofobia, a la misoginia, a la desconsideración, a la explotación laboral, a las guerras psicológicas, el pesimismo, al fatalismo, al estrés, a los políticos intolerantes.

¡Ah! Para terminar porque sino este post será larguísimo. No quiero a quienes hacen promesas, por más estúpidas que puedan parecer, y no las cumplen. Tampoco tolero a los cobardes. ¡Mmmmm! y a los charlatanes.

Tanta intolerancia me hace sentir una gran “desemoción”, no sé si existe esta palabra, pero es algo así como cuando ya no se siente nada, o más bien cuando se pierde la emoción.

Si a alguien se le ocurre montar un comentario o escribirme un correo sobre este escrito, le recomiendo que lo piense antes, porque si bien es cierto que yo creo en la libertad de pensamiento y en la diversidad de opiniones, hoy estoy con el intolerante alto, y es posible que el atrevido conozca toda mi furia a través de la expresión de un lenguaje soez que emerge cuando mi ecuanimidad y tolerancia se agotan.

Además, les recuerdo que éste es mi blog, y escribo lo que me da la gana. Si no les gustó o se sintieron aludidos, les invito a no leerlo más.

Lo siento no soy perfecta. Y le pido perdón a Dios por ser tan intolerante.


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