El significado de la muerte del caudillo
Chávez: una revolución democrática
Estemos de acuerdo o no con el socialismo del siglo
XXI, el fallecido presidente de Venezuela se hizo un lugar en la
historia política del continente.
Por: William Ospina
La diferencia más visible que puede señalarse entre Hugo Chávez y su
admirado Simón Bolívar es esta: que Chávez no tuvo que hacer la guerra
para triunfar.
Eso es también lo que diferencia a Chávez de Fidel
Castro y del Che Guevara: detrás de esas leyendas hay una historia de
guerras y de sangre, y Chávez pudo por suerte asumir el desafío de
emprender la transformación de la sociedad, como lo reclamaban hasta los
poderosos de todo el continente, recurriendo sólo a los instrumentos de
la democracia.
Su única derrota, la del golpe militar que intentó
en 1992 contra Carlos Andrés Pérez, se convirtió al final en otra
victoria, porque lo salvó de haber llegado al poder, en su impaciencia,
por la vía traumática de una ruptura violenta de la institucionalidad.
Cuánto no habrá agradecido después que su acceso al poder no hubiera
estado manchado por la violencia, sino que hubiera tenido la legitimidad
de una elección indiscutible. Aunque sus compañeros habían logrado su
objetivo en las provincias, cuando vio que no había podido tomarse el
poder central, él mismo dio la orden a todos sus amigos de rendir las
armas y les dijo que asumiría toda la responsabilidad del levantamiento.
Fue
entonces cuando dejó flotando sobre la sociedad ese “por ahora”, que
parecía una confesión de derrota, pero que pronto se convirtió en una
promesa. El pueblo venezolano lo eligió una y otra vez, para
desesperación de sus opositores, que nunca entendieron que la única
manera de enfrentarse a un líder histórico de la importancia de Hugo
Chávez, pasaba por hacer un reconocimiento a la verdad y a la justicia
de su causa.
Un país riquísimo, cuya riqueza principal pertenece
al Estado, es decir, a la comunidad, había visto con asombro cómo unas
élites petroleras arrogantes e insensibles se paseaban por el mundo como
jeques saudíes mientras el pueblo venezolano se hundía en la pobreza y
en el desamparo. Nadie puede negar que esas élites fueron las que
educaron al país en la lógica precaria de los subsidios y las que nunca
hicieron esfuerzos serios por “sembrar el petróleo”, por convertir la
riqueza petrolera en una economía diversa que estimulara el trabajo
social y la iniciativa de la comunidad. Después le reclamarían a Chávez
no haber hecho plenamente en diez años esa siembra y esa diversificación
que ellos no intentaron en 50.
Durante décadas y décadas la
pobreza creció en Venezuela, y a diferencia de Bogotá o de Buenos Aires,
donde es posible mantener la dilatada pobreza oculta a los ojos de los
visitantes, Caracas vio surgir en sus cerros las barriadas de los
desposeídos, las rancherías que contrastaban con la innegable opulencia
petrolera.
Ya en 1989, la pobreza de las muchedumbres se había
convertido en desesperación y Chávez cosechó lo que los poderes
venezolanos habían sembrado: la indignación del pueblo, la
inconformidad, el ahogado espíritu de rebelión al que él le supo dar
finalmente su lenguaje y su rumbo.
Ahora se quejan de la supuesta
falta de modales de este líder seductor e impulsivo, un hombre de origen
humilde que no simulaba aristocracia, que decía lo que sentía como le
gusta al pueblo que se diga: con un lenguaje llano y directo, desafiante
y a veces peligrosamente sincero. Yo dudo que haya habido en
Latinoamérica un político más surgido de la entraña del pueblo, más
parecido a las hondas sabidurías, las malicias, las travesuras y las
valentías del alma popular.
Una de las muchas cosas que demostró
es que se podía hablar de los grandes asuntos de la economía y de la
política en un lenguaje sencillo. Se ha vuelto costumbre entre nosotros
que los jóvenes egresados de Harvard y de Oxford que manejan los asuntos
públicos utilicen para hablar de economía una jerga de iniciados que
hace sentir a todos los demás incapaces de acceder a los arcanos de esa
ciencia imposible. Es un evidente mecanismo de exclusión, algo para
alejar a los profanos; por eso, de las manos de esos ministros eruditos
brotan a menudo los colapsos financieros, los “corralitos” que hunden a
países enteros en la ruina, y la tolerancia de robos descarados como los
de DMG en Colombia, que estafaron a cientos de miles de personas sin
que ningún perfumado experto viniera a explicarle al pueblo y a las
clases medias que estaban cayendo, con el beneplácito del poder, en las
redes de unos asaltantes cínicos.
La economía, de la que depende
el bienestar de millones y millones de personas, no puede ser una
ciencia abstrusa e inextricable, y esa farsa descarada es apenas un
mecanismo para mantener a los pueblos lejos de la posibilidad de
entender los procesos y de juzgar los resultados.
Con unas cuantas
alianzas internacionales, y una reducción de la oferta, Chávez logró
que los precios del petróleo alcanzaran cifras asombrosas y tuvo de
repente en sus manos unos recursos incalculables para echar a andar su
proyecto. El primer reclamo que se hizo a su política fue que hubiera
dedicado recursos del petróleo a ayudar a los países vecinos y a
conseguir aliados en el mundo. Pero a comienzos de los años 70 un
ilustre antecesor de Hugo Chávez, Salvador Allende, intentó también
transformar su sociedad sin recurrir a la violencia, confiando en el
respeto a las instituciones que proclamaba y exigía el gobierno
norteamericano y que juraban con firmeza los ejércitos y los potentados.
Cuando vieron que Allende intentaba transformaciones reales, el famoso
respeto por la institucionalidad que predicaban el imperio y sus
adláteres se fue al piso, y una conspiración criminal acabó con Allende,
con sus sueños y con la fe en la democracia de toda una generación. Las
guerrillas arreciaron por todas partes, el ejemplo de Pinochet fue
seguido por militares de varios países, y una noche de sables y de
crímenes, que todavía tiene sentados en los estrados a esos viejos
generales genocidas, fue el precio que Latinoamérica pagó por la
interrupción del proceso democrático chileno.
De todos los
procesos políticos y culturales que necesitaba vivir América Latina,
ninguno es más importante que la incorporación de los pueblos a la
leyenda nacional. La deformación colonial, prolongada por una tradición
de castas señoriales que borró a los pueblos indígenas, sus lenguas, sus
memorias y sus mitologías; que después de liberar a los esclavos no se
esforzó por construir un proyecto de integración social, de educación,
de salud y de incorporación a un relato de los orígenes; y que postró a
los pobres en la inermidad y la exclusión, exigía en todas partes una
gran reforma que devolviera a los pueblos el protagonismo, liberando su
iniciativa histórica.
Esa fue la tarea que parcialmente cumplieron
la Reforma de Benito Juárez y la Revolución de Villa y de Zapata en
México, los gobiernos de Roca e Irigoyen y el movimiento peronista en
Argentina, el movimiento de Eloy Alfaro en Ecuador y la rebelión de los
mineros de Bolivia en 1952. También la lograron los primeros tiempos de
la Revolución cubana, antes de que el bloqueo norteamericano forzara al
Estado a imponer restricciones de guerra. Darle su lugar al pueblo en la
historia es algo que sólo se logra con respeto verdadero, con
oportunidades, con valores, con cohesión social, y fortaleciendo la
dignidad de quienes, si no se les permite ser ciudadanos plenos, tienen
que terminar convirtiéndose en parias o en verdugos.
Cuánto habría
ganado Colombia si le hubiera permitido llegar al poder hace 65 años a
Jorge Eliécer Gaitán. Los 300 mil muertos de la violencia de los años
50, y los 500 mil muertos del resto del siglo, atribuibles por igual a
las guerras, la violencia, la pobreza y el desamparo social, la
delincuencia, la proliferación de las guerrillas y la industria del
secuestro, el crecimiento de las mafias, el desmonte de la estructura
institucional, la pérdida de sentido patriótico de las élites
empresariales y la creciente corrupción política, el paramilitarismo, la
juventud arrojada a las guerras de supervivencia, y la caída de muchos
militares en la tentación del crimen y la riqueza fácil, todas esas
cosas se habrían conjurado con la incorporación del pueblo a la leyenda
nacional, que era el sentido profundo del proyecto gaitanista, con la
restauración moral que reclamaba su oratoria enfática y pacífica. De
todo eso posiblemente salvará el pacifismo chavista a Venezuela, y hasta
los que lo odian se lo agradecerán algún día: de vivir en un país como
Colombia, donde las carreteras llegaron a convertirse por momentos en
caminos sin retorno, y donde en los meses de enero y febrero de 2013 ya
llevamos contados más de mil desaparecidos.
Chávez creyó en la
democracia. Entendió que no iba a recurrir a las armas, pero que su
proceso no se abriría camino si caía en la ilusión de ser, en tiempos
imparables de globalización, una aventura encerrada en las fronteras de
su país. Se inspiraba en Bolívar, quien nunca aceptó esa idea estrecha
de unos paisitos incomunicados, y siempre predicó el ideal de la
solidaridad y la construcción de una patria continental.
Los
magnates de cada país saben ejercer su derecho a la universalidad, el
derecho absoluto de cruzar las fronteras con sus capitales, pero miran
con recelo la solidaridad de los pueblos. Las fronteras están cerradas
para todo el que no forme parte del mercado financiero. Chávez conocía
suficiente geografía e historia para tener una idea de geopolítica más
amplia y audaz que la de los gobiernos sujetos sólo a las órdenes del
gran capital. Fortalecer a la América Latina era su única forma legítima
y eficaz de fortalecer a Venezuela, y en esa medida no hacía más que
aceptar las reglas de juego de la globalización, que tanto nos predican
como un deber inexorable mientras no pretendamos beneficiarnos de ellas.
A
la sombra de Chávez, que tenía más poder de forcejeo en el escenario
internacional, y menos obligación de respetar el protocolo, varios
procesos democráticos se abrieron camino en América Latina. Viendo la
irreverencia de Chávez, a la vez estudiada y espontánea, resultó menos
discutible la lucha de Evo Morales y los indígenas bolivianos, y
parecían de seda los gobiernos populares de Lula da Silva y de Rafael
Correa, de Néstor y Cristina Kirchner y de Pepe Mujica. Chávez apostaba
las cartas mayores, y estaba listo para respaldar a los gobiernos
amenazados y a los procesos en peligro.
Coincidió el gobierno de
Chávez con el momento de mayor desprestigio del poderío mundial de los
Estados Unidos, el momento de mayor caída de su liderazgo democrático y
moral en el planeta. Los atentados terroristas de Al Qaeda cambiaron el
orden de prioridades del imperio; después de décadas de imposición de
políticas imperiales en América Latina, incluida la criminal Escuela de
las Américas, que educó en la violación de los derechos humanos a una
generación de militares en el continente, los gobiernos norteamericanos
abandonaron su interés por la América Latina, se lanzaron en Asia a
grandes invasiones militares, a una equivocada lucha contra el terror
mediante la estrategia del terror, y se hundieron en la barbarie.
Chávez
entendió la importancia de ese momento histórico: América Latina,
perdida la tutela del hermano arrogante, podía ingresar de verdad en la
era de la globalización y abrirse al mundo. Otras potencias se
fortalecían, el dragón chino había despertado, Rusia recuperaba su
fuerza. Y si Estados Unidos, Francia, Italia, Inglaterra y España
recibían alborozados a Muamar Gadafi y lo dejaban plantar tiendas en sus
países, por qué habrían de reprocharle a Chávez que se acercara al
gobernante de un país petrolero con quien tenía intereses comunes.
Chávez al menos no tuvo la indignidad de abrazar a Gadafi ante las
cámaras y bombardearlo cuando se apagaban los reflectores, como lo
hicieron los gobiernos de Francia y de Inglaterra. No fue ofendido por
él, lo despidió como a un amigo, y no entró a saco en esa Libia en
ruinas, como Cameron y Sarkozy, a reclamar el botín del socio
abandonado.
Sabía que si a un nuevo Kissinger, o a una envanecida
Condoleezza Rice, se le ocurriera aconsejar la invasión de su
territorio, la respuesta no sería sólo del pueblo venezolano, sino de
Ecuador y Brasil, de Cuba y Nicaragua, de los países antillanos y
Bolivia, de Uruguay, Paraguay y Argentina, pero muy posiblemente también
de China y Rusia, y de mucha gente que lo respetaba en todo el mundo.
Haber garantizado la independencia de su país le permitió hablar con
firmeza, de igual a igual, en el escenario mundial.
El estilo de
Chávez merece muchos comentarios. Hay una anécdota que sin duda ha de
ser apócrifa, pero que a pesar de todo describe muy bien el espíritu de
este luchador a la vez pintoresco y profundo, arrebatado y travieso,
desafiante y desconcertante. Se decía que una vez, en una de tantas
cumbres de gobernantes, esas cumbres de las que él mismo dijo, con un
epigrama inolvidable, que “los gobiernos van de cumbre en cumbre y los
pueblos de abismo en abismo”, Chávez se encontró con la reina Isabel de
Inglaterra y corrió a darle un abrazo. La anécdota añade que los
guardias de la reina se interpusieron enseguida, informándole a Chávez
que el protocolo inglés no permitía que nadie abrazara a la reina, y que
Chávez contestó con una sonrisa: “Sí, pero el protocolo venezolano
exige que abracemos a nuestros amigos”. La anécdota, como digo, ha de
ser apócrifa, pero el hecho que ilustra es profundo. Lo que quiere
decir, en una sociedad hondamente marcada por la supremacía de las
metrópolis y por la etiqueta de las potencias, es que en nuestro tiempo
un rey y un presidente son poderes exactamente iguales, que el protocolo
inglés no puede ser más respetable que el venezolano.
En esa
fábula imaginaria está más profundamente expresada que en ninguna otra
parte la verdadera importancia de un hombre como Hugo Chávez para la
historia latinoamericana: en un continente acostumbrado a sentirse
subalterno, a ser un invitado de segunda en el banquete de las naciones,
un hombre les recordó a todos que había pasado el tiempo de la
supremacía y de las supersticiones de superioridad; que si había llegado
el tiempo de la democracia y de la República es porque había llegado el
tiempo de los pueblos, y que en el mundo moderno, como lo quiere todo
el arte contemporáneo, como lo anuncian la literatura y la pintura desde
los tiempos de Shakespeare y de Velázquez, un rey y un campesino tienen
la misma dignidad metafísica y estética, un hijo de los llanos de
Barinas y una hija de los castillos de Windsor tienen la misma dignidad y
el mismo valor, y si son aceptados por sus pueblos como representantes y
voceros, no pueden presumir de ningún tipo de jerarquía.
Por
fuera de la anécdota, eso fue lo que hizo Chávez a lo largo de todo su
gobierno, y a lo mejor a lo largo de toda su vida, y con ello no les dio
una lección sólo a los gobiernos de América Latina, sino a cada uno de
los ciudadanos de este continente. Como lo había enseñado Bolívar y lo
olvidaron sus sucesores, ya estamos en igualdad de condiciones con todos
los ciudadanos del mundo, pasó la edad de las diademas, una banda
presidencial y una corona son el mismo símbolo, salvo por la diferencia
metafísica de que la corona representa el poder de la tradición y la
banda el poder del presente: a la corona la sostienen millones de
fantasmas y a la banda la tejen millones de voluntades vivientes.
Pero
qué gran país es Venezuela; qué alto sentido de respeto por los
conciudadanos el de un país que aun en medio de las más borrascosas
diferencias de opinión no se hunde en la violencia sectaria y en el baño
de sangre que ha caracterizado cíclicamente a algunos de sus vecinos.
Venezuela vive hace quince años, no en la polarización, como afirman
algunos, sino en la apasionada politización que caracteriza los momentos
de grandes transformaciones históricas. Chávez y sus hombres aceptaron
llamar revolución al proceso emprendido, pero hay que conceder que el
siglo XX dejó la palabra revolución, por generosa, legítima o inevitable
que fuera, cargada de bombas y de sangre, de horrores civiles y
tragedias imborrables, y en cambio la revolución de Chávez ha consistido
en unas decisiones económicas y en unas movilizaciones políticas: no en
fusilamientos, ni proscripciones, ni censuras.
Es esto tal vez lo
que le da al proceso liderado por Hugo Chávez su magnitud histórica:
nadie puede ignorar la importancia de lo que ocurre, nadie puede ignorar
la enormidad de los problemas urgentes que ha enfrentado, la enormidad
de las soluciones que ha intentado, y sin embargo se ha cumplido en un
clima de paz, de respeto por la vida, en el marco de unas instituciones,
y atendiendo a altos principios de humanidad y de dignidad.
Los
opositores, que son muchos, lo negarán, como es su derecho, y la prensa
de oposición en Venezuela, que es casi toda, afirmará que estos tres
lustros han sido de persecución y de censura, como lo han dicho a los
siete vientos con todos los recursos de la comunicación moderna en estos
trece años. Pero los opositores no pueden negar la generosidad de
propósitos de este proceso, así como el chavismo no puede negar la
civilidad de sus adversarios, en un continente donde ha habido
contrarrevoluciones más feroces y sanguinarias que las revoluciones a
las que combatían.
Los millones de personas que lloran con el
corazón afligido la muerte de su líder, la dimensión planetaria de esta
muerte y la enormidad popular de este funeral confirman que estamos ante
un hecho histórico de grandes dimensiones. La verdad se conoce:
Venezuela es uno de los pocos países del mundo que se han permitido el
lujo inesperado de emprender una transformación histórica con el menor
costo posible de confrontación y de arbitrariedad.
Finalmente,
Chávez bien podría haberle hecho un favor inmenso a la democracia,
Chávez podría ser, en América Latina y a comienzos del siglo XXI, el
hombre que refutó la teoría de que la violencia es el motor de la
historia. Muchos habrán querido forzarlo a la violencia, muchos soñarán
aún con intentarlo, pero cuando ya creíamos que era verdad que el Estado
existe sólo para garantizar privilegios y para mantener lo establecido,
alguien ha venido a demostrarnos que la democracia puede ser un
instrumento de transformaciones reales, que abran horizontes de justicia
para las sociedades.
Hugo Chávez, con su mirada sonriente de
llanero y su sonrisa profunda de hombre del pueblo, bien podría haber
hecho algo mucho más profundo y perdurable que inventar el socialismo
del siglo XXI: es posible que haya inventado la democracia del siglo
XXI.
William Ospina* Escritor, ensayista y columnista de El Espectador.
Fuente:
http://www.elespectador.com/noticias/elmundo/articulo-409274-chavez-una-revolucion-democratica
¡Chávez vive, la lucha sigue!